Enviado por Chesscampus el Mié, 14/10/2020
El simbolismo del ajedrez 4

El origen del ajedrez ha sido objeto de gran número de fábulas y leyendas; entre ellas, tal vez la más conocida sea la del brahmán Sisa, que sitúa el nacimiento de dicho juego a principios del siglo V de nuestra era.

José Paluzíe en su obra Manual de Ajedrez señala:

Al principio del siglo V de la Era Cristiana, había en la lndia un monarca joven, muy poderoso, de excelente carácter, pero a quien sus aduladores corrompían de manera extraordinaria. La lisonja le hizo olvidar pronto que los reyes deben ser los padres de los pueblos, que el amor de los súbditos para su rey es el único apoyo sólido del trono y del cual viene a éste su fuerza y su poder. Los brahmanes y rayals, es decir, los sacerdotes y los grandes, en vano le recordaban estas importantes máximas; Shirham, el joven monarca, embriagado con su grandeza, que creía inquebrantable, despreciaba aquellos sabios consejos. Entonces, un brahmán o filósofo indio llamado Sisa intentó, aunque indirectamente, abrir los ojos al joven príncipe; y para ello inventó el juego del ajedrez, en el cual el Rey, no obstante ser la pieza más importante del juego, no podía atacar, ni siquiera defenderse de sus enemigos, sin el auxilio de sus súbditos.

Muy pronto el nuevo juego se hizo célebre; el rey oyó hablar de él y quiso aprenderlo; y con este motivo, Sisa, al mismo tiempo que le explicaba las reglas, pudo darle importantes consejos. Reconocido el príncipe, escuchó por primera vez estas advertencias, cambió de conducta y dejó al brahmán la elección de su recompensa. Este pidió una cantidad de trigo que se determinaría de la siguiente manera: un grano por la primera casilla del tablero, 2 por la segunda, 4 por la tercera, y así sucesivamente, doblando siempre hasta la última. El rey accedió al instante a la aparente sencillez de aquella petición; pero cuando sus tesoreros hubieron hecho el cálculo, resultó que había aceptado un compromiso para satisfacer el cual no bastaban todos sus tesoros. Entonces, el brahmán se sirvió todavía de esta circunstancia para hacer comprender al príncipe cuán importante es para los reyes guardarse bien de aquellos que les rodean, y cuánto deben temer que se abuse de sus mejores intenciones.

 Otra versión de esta leyenda dice:

Un rey indio Kaíd, después de haber derrotado sucesivamente a todos sus enemigos, se vio reducido a la inacción y, mientras sus pueblos gozaban de las dulzuras de la paz, él se hallaba sumido en profunda tristeza y aflicción, hasta el punto de desear la muerte.

En tal estado abrió su corazón a su ministro, el sabio Sasa (o Sisa). "Dime -le dijo- tú, cuya sabiduría es tan grande: ¿cómo puedo librarme de este abatimiento y desolación en que todas las cosas me desazonan?" Entonces, Sasa le dijo que había un juego maravilloso y que se lo enseñaría. El rey aceptó con entusiasmo y aprendió con gran rapidez la marcha del juego, el cual le causó tanto placer que sus males desaparecieron como por ensalmo. Entonces dijo a su ministro: "¡Oh, Sasal ¿No te prometí darte en recompensa lo que se te antojara pedirme? Habla, pues:", Y Sasa pidió lo mismo que se ha referido en la leyenda anterior.

De esta fábula, cuyo interés es evidentemente anecdótico, cabe destacar dos elementos que permanecen constantes en el análisis estructural del relato: la creencia de que el ajedrez fue invento de un solo hombre y la recompensa que pidió por tal invento, cuya finalidad es poner de relieve la mente privilegiada de este personaje y su sagacidad (fue capaz incluso de superar la del rey).

La opinión más generalizada, ya dentro del terreno de la investigación histórica, afirma que el ajedrez pro­cede efectivamente de la India. Debido a los intercambios comerciales y culturales entre los marchantes de la India y Persia, este juego se extendió rápidamente entre los árabes al invadir territorios persas. Pasó también al Imperio bizantino y pronto se convirtió en uno de los lujos importados que adoptaron los turcos.

Sin embargo, existen otros historiadores, entre los cuales cabe destacar a José Brunet, que aseguran, aportando datos concretos, que el origen del ajedrez se remonta a los tiempos del antiguo Egipto (unos 3.000 años a. C.).

Brunet, en su obra El ajedrez. Investigaciones sobre su origen, acomete un arduo estudio para demostrar ampliamente el origen egipcio de este juego, basándose en los abundantes restos arqueológicos descubiertos.

Dicho historiador niega que el ajedrez proceda del chaturanga o juego de los cuatro reyes, ya que, a pesar de ser muy antiguo, es más complicado y moderno que el shatrang persa (ajedrez común) que nosotros conocemos.

Que el juego de ajedrez haya sido importado de la India a Persia no constituye por sí solo la prueba de que sea indio, ya que en los siglos XIV o XVI antes de nuestra era ya existen vestigios de algo muy semejante al juego actual, como veremos más adelante.

Según Brunet, la teoría del origen indio del ajedrez se basa únicamente en un hecho dudoso: la mención que hace el Bhawishya de la palabra chaturanga y cuyo descubridor, sir William Jones, ya sospechó que fue interpolada en dicho texto.

Por otra parte, si el ajedrez no fue introducido en la India por los griegos, ya que varios investigadores aseguran que el chaturanga era conocido en el país veinticinco siglos antes, ¿cómo se explica que no tuvieran noticia de aquel juego, habiendo permanecido allí más de dos siglos y que lo conocieran unos ocho siglos después en contacto con el pueblo persa?

El poeta Firdusi narra en su poema Sha-Nameh (situado a finales del siglo X y principios del XI) la historia de la introducción del ajedrez en Persia en tiempos de Nanshirawam. Según él, proviene de la India, país rodeado de misterio y leyendas para todos los escritores de su época.

El contenido del poema podría resumirse del siguiente modo en lo tocante al origen del ajedrez en Persia:

El rey tributario manda una embajada al rey más poderoso con un enigma que, caso de ser descifrado por éste, decidirá la supremacía de uno u otro país.

Sin embargo, este dato carece de toda confirmación histórica e, incluso, parece inverosímil que un rey tan poderoso como Nanshirawan (Chorroes) se rebajara a tratar en estos términos con el monarca de un país pobre y tributario suyo.

Brunet se extraña de que nadie señale a Egipto como el verdadero país de origen del ajedrez a pesar de que la mayoría de historiadores lo consideran «la cuna de nuestra civilización», y a pesar también de los hallazgos efectuados en monumentos funerarios entre los que abundan las piezas de un juego muy semejante al nuestro.

Egipto es el único pueblo, sin embargo, en el que abundan las representaciones de este tipo, tanto en los muros como en ciertos objetos dedicados al culto funerario. En unas excavaciones efectuadas en Tebas se encontraron varias piezas de madera parecidas a bolas, de las que unas eran blancas y otras negras, o bien blancas y rojas. Por otra parte, abundan las representaciones de tableros ajedrezados, lo que no ocurre en las pinturas o esculturas de la india.

Entre los hallazgos más importantes a este respecto hay que citar el paño mortuorio de una reina, formado carnado por cuadros de piel de gamuza, pintados de azul y entrecosidos en forma de gran tablero de damas o -¿por qué no?- de ajedrez.

Brunet aduce, en defensa de su hipótesis, el carácter indolente y contemplativo del pueblo indio, poco propicio para la invención de un juego de las características del ajedrez. Por el contrario, los egipcios se distinguieron siempre por su actividad y, además, el rey, los caballos, los barcos y los carros de guerra son elementos propiamente egipcios, tal como lo demuestran sus abundantes monumentos.

Y aun suponiendo que el juego que aparece tantas veces representado fuera realmente el de damas, resultaría ser entonces más antiguo que el ajedrez y, por lo tanto, padre de éste debido a la semejanza del tablero, a la forma alta de las piezas -se da la circunstancia de que las piezas encontradas en las tumbas egipcias se parecen más a las actuales que a las utilizadas en la Edad Media- y a la combinación belicosa del juego.  Ante versiones tan dispares surge la cuestión de si ambas son el resultado de puntos de partida idénticos.

En general, se está de acuerdo en situar hacia el 570 a. C. el origen del ajedrez y en otorgar la paternidad a los hindúes. Como señala L. Cottrell en su artículo «Las excavaciones revelan el pasado de la India»:

... los fundadores de la civilización hindú trajeron consigo las tradiciones de sus tierras arias, pero, tras datar algunos ejemplos de arte hindú, parece que los elementos de la civilización de los vencidos habían sido asimilados por los conquistadores.

El ajedrez sería, de este modo, una especie de viejo préstamo con más de 2.000 años.

La hipótesis de que el ajedrez fuera conocido por las civilizaciones mesopotámicas antes de que entraran en relación con los pueblos del Indo viene refrendada por el hallazgo de piezas en las ruinas de Tépé-Gawra debida a dos sabios americanos. Según sus estimaciones, datarían de 3.000 a 4.000 años a. C. Y no hay que olvidar los lazos que unían a Mesopotamia con Egipto.

La postura representada principalmente por H. Murray, que en 1913 dató al ajedrez alrededor del 600 d. C., es cómoda si nos atenemos a los textos que tratan del juego ya elaborado. Sin embargo, los testimonios arrancados a la tierra no apoyan la visión de un hombre inventando por sí solo el ajedrez.

La solución hay que remitirla, creemos, a los distintos puntos de partida adoptados por los autores que defienden una u otra postura. Si asimilamos al ajedrez todos los juegos de tablero efectuados sobre una «mesa» y con peones, es evidente que data de tiempos muy remotos. Si, por el contrario, buscamos su origen en el juego de guerra, -tal como lo llama Murray-, sin intervención del azar, y no en el «juego de carrera», como las tablas reales, que se juegan con dados, hay que acercar considerablemente la fecha a nuestros días.

Así pues, la respuesta no sólo depende de los descubrimientos arqueológicos, sino de la definición de que se parta.

Edad Antigua

Puesto que en el apartado anterior ya nos hemos referido a los avatares del ajedrez en Egipto, Mesopotamia, India y Persia, hablaremos ahora de su existencia en la antigua Grecia y Roma.

En varias obras de Platón, Sófocles y Polibio encontramos referencias a un juego que llaman petteia, al que clasifican de ingenio y sagacidad. Los mismos autores hablan de tableros divididos por cuadros o rayas, y de piezas de diversas formas.

Parece ser que el petteia tiene su origen en el triodidn o tres en raya de los primitivos griegos y etruscos y que, al correr del tiempo, aumentaría el número de piezas y, por tanto, el de casillas.

En dos vasos etruscos, de diferentes épocas, puede verse a Aquiles y Ayax jugando al tres en raya ante los muros de Troya. Aunque la técnica y los detalles difieren grandemente, no cabe duda de que el asunto y el juego es el mismo.  El primer vaso, Amfora Tirrena, representa a dos guerreros armados, sentado uno sobre una piedra suelta y el otro sobre una más larga en la que se ha pintado el juego; encima de dicha piedra aparecen cinco o seis piedrecitas blancas y negras.

El otro vaso, de técnica mucho más avanzada, representa también a dos guerreros, sentados cada uno en distinta piedra e inclinados sobre un juego sin identificar; sin embargo, aparecen aquí una serie de inscripciones en caracteres etruscos que nos dicen el nombre de los guerreros, Akileus y Aiantus. Entre las lanzas del primero y la especie de tablero apreciamos el nombre de «Tesara», y en el segundo el de «Tria».

Si las referencias a los juegos griegos «sobre tableros rayados o de damas, de más o menos piezas y de diferentes colores y materias» no son demasiado abundantes ni esclarecedoras, no ocurre lo mismo respecto al pueblo romano. En muchos textos aparecen referencias que hacen pensar en su gran difusión ya en tiempos de los primeros emperadores.

De H. Coleridge, autor de una colección de artículos titulados «Greek and Roman Chess», extraemos las siguientes citas:

Parece que se jugaba sobre un tablero semejante al nuestro, aunque no conocemos exactamente el número de casillas que tenía, con piezas de diferentes colores fabricadas en cristal, marfil o materiales muy costosos, llamadas por diversos autores calculi, latrones, latrunculi y milites, y que, en el modo de tomar las piezas, se parecía al petteia, del que probablemente derivaba. Del pasaje de Bassus se ha querido deducir que las piezas estaban colocadas en orden como nuestros alfiles, caballos y torres, pero parece muy dudoso que así fuese.

 Es evidente que la idea moderna de comparar el tablero de ajedrez con sus piezas a un campo de batalla no era desconocida a los romanos. Las propias palabras latrus y latrunculus, usadas ambas para designar las piezas, eran antiguos términos empleados para designar un soldado, que se encuentran ya en Plauto y Ennio.

Sin embargo, a pesar de las abundantes referencias al Ludus Latrunculorum, los autores no dejan suficientemente explícito si se trata o no del ajedrez. Tal vez resulte esclarecedor que los escritores latinos medievales llamen de este modo al ajedrez tal como lo conocemos en la actualidad.

Tal como se desprende de multitud de textos, los romanos jugaban varios juegos de tablero, como el ajedrez, las dainas, el chaquete y el tres en raya.

Para cerrar este apartado, transcribimos una cita de Valerio Máximo, aunque son frecuentes asimismo en otros autores latinos como Séneca, Ovidio, etc.:

Antonio reinaba muy prudentemente en Roma; acostumbraba divertirse con los perros y después pasaba todo el día jugando al ajedrez.  --Gesta Romanorum

Este párrafo constituiría una prueba evidente de que el ajedrez era jugado en Roma en tiempos de los primeros emperadores, ya que este autor fue contemporáneo de Tiberio.

Edad Media

Es muy probable que el ajedrez jugado en la Edad Media no fuera más que la continuación del jugado en el Imperio romano. Lo que puede asegurarse con toda certeza es el florecimiento que adquirió en las cortes medievales hispanoárabes, como Córdoba, Toledo y Barcelona (donde ya se jugaba en el siglo X, pues sabemos que el conde de Urgel se desprendió, a principios del siglo XI, de sus valiosísimos juegos en beneficio de la Iglesia), etc.

No hay que olvidar, sin embargo, que el primer país conquistado por los árabes fue precisamente Egipto, cuya capital, Alejandría, constituía un eminente centro cultural.

En Francia, el ajedrez era conocido antes de que llegaran al país los árabes, ya que se hace mención a él en numerosas crónicas. Una de las anécdotas más repetidas en estas crónicas es la costumbre de tirarse las piezas a la cabeza cuando los contrincantes se enfadaban, ocasionándose a veces la muerte. El hijo de Pepino, por ejemplo, golpeó la cabeza de su adversario, Otkar, príncipe de Baviera, con una torre hasta que murió.

Existe la duda de si en la Edad Media los juegos eran prohibidos a los cristianos por las jerarquías eclesiásticas, como parece probarlo la siguiente anécdota:

En 1050, Gerardo, obispo de Florencia, amonestado por el cardenal Pedro Damiano porque jugaba al ajedrez, contestó: "Los dados están prohibidos por los Cánones, pero el juego del ajedrez está tácitamente permitido." El celoso cardenal le replicó: "Los Cánones no hablan del ajedrez; mas ambas clases de juegos están comprendidos en la denominación común de alea (esta palabra, aplicada al ajedrez, hace referencia al hecho de que en un principio se jugaba con dados), por lo que, si el ajedrez no está expresamente citado, es evidente que ambos se hallan comprendidos en la misma palabra".

Desde el siglo VII se fabricaron numerosos tableros ricamente adornados y multitud de piezas en metal, piedras preciosas y otros materiales (por ejemplo, diente de foca) que se donaron más tarde a los legados eclesiásticos.

De ellos sobresalen las piezas talladas en cristal de roca encontradas en Ager, provincia de Lérida, y que se compone de: un Rey de 56 mm de diámetro por 70 de altura; una Reina de 52 mm de diámetro por 66 de altura; dos alfiles de 45 mm por 55; dos caballos de 45 mm por 60; una Torre de 46 mm de anchura por 19 de grosor y 40 de altura; cinco peones de diferentes tamaños, y otras tres piezas de las que no se ha podido determinar si constituyen una unidad por sí solas o formaban parte de otras.

La característica esencial de estas piezas es que no representan las figuras de hombres o de animales, lo que, añadido a la ornamentación con arabescos, hace suponer que pertenecieron a algún jeque musulmán de los que gobernaron el condado de Urgel en el siglo X.

Más tarde pasaría a formar parte del botín logrado por los catalanes, quienes lo legarían, finalmente, a las iglesias de Ager. Encontramos esta costumbre en el testamento de Armengol (1010), quien dejó su ajedrez de cristal a la iglesia de San Egidio, y el de su cuñada, en favor de la iglesia de San Egidio de Nimes.

En tiempos de Carlomagno, el juego estaba ya muy extendido en toda Europa, como lo demuestran los cantares de gesta y los libros de caballerías, cuyos héroes amenizaban su tiempo libre ejercitándose en el ajedrez.

Uno de los testimonios más importantes del juego en la Edad Media lo constituye el Libro de acedrex e dados e tablas de Alfonso X el Sabio. Según este códice, el ajedrez se jugaba, por lo menos, de seis maneras distintas, sin contar otros juegos que pudieran tener conexión con él. Podía jugarse con tableros de 4 a 12 casillas por fila y también entre dos o cuatro contrincantes, aunque el más usual era el de 8X8, es decir, el de 64 casillas, tal como hoy lo jugamos.

Otras obras importantes sobre el mismo tema, escritas en esta época son el Líber de moribus hominum de Jacobo de Cessolis y un manuscrito de Nicolás de Nicolai.

En cuanto al mundo musulmán, se sabe que Mahoma se opuso a los juegos de azar, pero que apoyó los de guerra y que, tras la invasión del Sur europeo, los musulmanes apoyaron y popularizaron el ajedrez, siendo ellos mismos jugadores notables. 

De Ruy López a 1850

El ajedrez moderno se inicia con el nombre de Ruy López, que ha sido considerado por todos los tratadistas como el verdadero fundador de la teoría del juego en su obra Libro de la invención liberal y arte del juego del Axedrez, publicada en 1561. Las partidas disputadas contra G. Leonardo, il Puttino, le reputaron como el mejor jugador de su época.

Anteriores a él son el español Lucena, famoso por su obra Repetición de amores e arte de axedres con juegos de partido, que se cree publicada en Salamanca hacia 1497, y Damiano.

Este fue el período dorado para el ajedrez español, en el que sobresalieron los nombres de Esquivel, Escovara, Pedrosa, Roscés, etc. Las obras de nuestros tratadistas fueron traducidas a los idiomas cultos europeos y conocidas en todo el mundo.

Sin embargo, la preponderancia española pronto cedió ante el empuje de los italianos, entre los que destacaron il Puttino, Paolo Boi, il Siracusano; Polerio, famoso tratadista; Gianuto (1597); Salvio (1604); Carrera (1617), y el Greco, il Calabrese, cuya obra, publicada en 1619, es una muestra del juego brillante que le mereció tan justificada fama.

Sigue luego una larga época de calma, sólo interrumpida por la célebre colección de finales y problemas del árabe Stamma (1737), hasta que aparece en la escena europea el insigne ajedrecista francés Philidor; su obra Analyse du jeu des eschecs (1749) le convierte en uno de los tratadistas más grandes que han existido. Basó su teoría en la importancia de la marcha racional y metódica de los peones y, posteriormente, muchos ajedrecistas perfeccionaron la obra del maestro, mientras que otros, basándose en los trabajos de Lolli y Ponziani (1769), desarrollaron una teoría a favor del juego de piezas, en oposición a la excesiva importancia dada a los peones.

Son hitos importantes en la historia del ajedrez: la invención del Gambito Evans (1824 ), el match por correspondencia entre Londres y Edimburgo (de 1824 a 1828), y la aparición (en París, 1836) del primer periódico consagrado al ajedrez, el cual recibió el nombre de Le Palarnede.

Durante esta época, los franceses mantienen la supremacía hasta perderla a raíz del famoso match Staunton-Saint-Amant ( 1843), que pasó el cetro a Inglaterra.

En Alemania vio la luz la revista Deutsche Schachzeitung (1846), fundada por una asociación de ajedrecistas renombrados, como Bilguer, Von der Lasa y Bledow.

A Von der Lasa y Bilguer se debe la publicación de Handbuch des Schachspiels (1843), considerada como una obra magistral dentro del tema ajedrecístico. Otros ajedrecistas alemanes, también muy importantes, fueron Max Lange, Horwitz, Dufresne y Harrwitz.

Como puede verse, se trata de una época de grandes inquietudes ajedrecísticas en las que se publicaron múltiples obras y revistas sobre el tema, a la vez que se creaban círculos en los que podían reunirse asiduamente los aficionados al juego. Uno de los círculos más famosos fue el del Café de la Régence, establecido en París por el siciliano Procope en la calle de Ancienne Comédie, durante el gobierno del duque de Orleáns (1747-1793). Los más grandes jugadores y los torneos más famosos de la época se jugaron allí.

Entre sus primeros asiduos se contaba un joven americano llamado Franklin, quien, años más tarde, se convertiría en padre de la independencia norteamericana, y cursor Jean-Jacques Rousseau, filósofo y enciclopedista, preintelectual de la Revolución francesa. Otros personajes famosos que frecuentaron el Café fueron Philidor, Piron, Diderot, Voltaire, Robespierre y Napoleón; este último encontrarla durante sus años de destierro en Santa Elena un gran consuelo en el ajedrez.

Las discusiones de enciclopedistas y promotores de las nuevas ideas sociales dificultaron la celebración apacible de las partidas, los ajedrecistas trasladaron sus enseres a la plaza del Palais Royal, donde recomenzaron sus célebres batallas. Sin embargo, su tranquilidad no duró demasiado, pues hasta allí llegó la tormenta revolucionaria: Danton, Robespierre, Mirabeau y tantos otros iban a jugar su partida, que sazonaban con tempestuosas discusiones sobre el momento político.

Los jugadores volvieron a mudarse, esta vez al Café Militar, en la calle Saint-Honoré. Por fin, el 9 Thermidor pudieron volver tranquilamente al Régence, donde se abría una nueva etapa para el ajedrez francés. La reputación de Philidor atrajo al Café a los jugadores más fuertes del momento para medirse con el maestro.

Después de Philidor mantuvieron la supremacía francesa jugadores como Saint-Amant, Laroche, Deschapelles, Pontalbo, Vaufreland, Sasias, Meyerbeer, el autor de Robert y los hugonotes. Pero, sobre todos, destacó la figura de Labourdonnais quien, por dos veces consecutivas, venció a su gran rival inglés Macdonell (1834-1835).

Tras él fugaz Imperio napoleónico, frecuentan el Café de la Régence gran número de escritores y poetas. Entre ellos hay que destacar a Víctor Hugo, Balzac, Téophile Gautier y Dumas padre.

A causa de la Revolución de 1848, el Café fue cerrado y su portavoz, el diario Le Palamede, dejó de publicarse.

Más tarde volvería a ostentar su antiguo esplendor, pero los ajedrecistas famosos no se conforman ya con verse reducidos entre sus cuatro paredes y viajan de un lado a otro.

Durante la segunda mitad del siglo XIX continuará siendo centro de reunión de ajedrecistas que acuden todas las tardes a jugar su partida; sin embargo, el ajedrez se ha liberado de su tiranía y, con motivo de la Exposición Universal de 1851, celebrada en Londres, el Torneo Internacional de Maestros, primero en su género, abrirá una nueva etapa en su historia.

Desde 1851 a nuestros días

Extraemos de la revista Deutsche Schachzeitung la siguiente descripción sobre el ambiente que rodeó el primer Torneo Internacional de Maestros de Londres de 1851:

La lucha comenzó el 27 de mayo a las 11 de la mañana. Las ocho parejas (de contrincantes) jugaban en el local del Club Saint-George. El confort no era extraordinario. Las mesas y las sillas resultaban pequeñas y bajas. Los bordes de los tableros sobrepasan los lados de las mesas. No hay sitio junto al jugador para la persona que anota los movimientos, ni tampoco para acodarse. Pero los ingleses no sufrían en absoluto estos inconvenientes. Tieso como una vela, el inglés Staunton está sentado, los dos pulgares en los bolsillos de su chaleco, y permanece inmóvil, a veces durante media hora, ante el tablero, reflexionando la jugada.

El reglamento exigía una sesión ininterrumpida durante ocho horas seguidas; las partidas aplazadas debían continuarse al día siguiente. Pero, a veces, los jugadores aceptaban voluntariamente continuar las partidas después de la sesión (así, por ejemplo, la partida Staunton-Horwitz duró desde las 11 de la mañana hasta las 10 de la noche sin interrupción).

El primer premio, valorado en doscientas libras, fue ganado por Adolfo Anderssen.

Como dato curioso diremos que entonces se jugaba sin reloj (los relojes de doble esfera no fueron inventados hasta treinta años después por un relojero de Manchester y se emplearon por plimera vez en el gran Torneo de Londres en 1883) y algunos jugadores se aprovechaban de esta circunstancia. Durante el match Williams-Staunton, las partidas duraron a veces ¡20 horas! debido a la lentitud del primero.

Aunque el mundo del ajedrez conoce un campeonato oficial desde 1886, el origen de este tipo de competiciones puede remontarse al encuentro celebrado en la corte de Felipe II entre jugadores de varias nacionalidades. Leonardo venció a los españoles y fue vencido a su vez por un compatriota, Paolo Boi. Este fue, en cierto modo, el primer «torneo internacional» de la historia del ajedrez.

Tras el torneo de Londres de 1851, acontece el «reinado meteórico» del joven americano Morphy (1837-1884), tan precoz como Bobby Fischer (a los trece años ganó una partida a Loewenthal), que afirmó su superioridad batiendo a Anderssen en 1858, para retirarse casi en seguida de la arena internacional.

A partir de entonces se suceden los grandes torneos: Londres, 1862 (Anderssen); París, 1867 (Kolisch, delante de Winawer); Baden-Baden, 1870 (Anderssen, delante de Steinitz); Londres, 1872 (Zukertort y Winawer); Berlín, 1881 (Blackburne, delante de Zukertort); Viena, 1882 (Steinitz y Winawer); Londres, 1883 (Zukertort, delante de Steinitz).

Para decidir acerca de la superioridad entre Steinitz (1836-1900) y Zukertort (1842-1888) se organizó un match (el primero de carácter oficial) en 1886. Ganó Steinitz, con lo que adquirieron gran preponderancia los principios de la Escuela Moderna, que Tarrasch se encargaría de popularizar.

Steinitz defendió su título tres veces: 1889, Steinitz-Chigorin; 1890, Steinitz-Gunsberg; 1892, Steinitz-Chigorin.

En 1894, con la sorpresa general, el casi desconocido Lasker (1868-1941) batió al veterano Steinitz, lo que preludiaba un largo reinado de veintisiete años. Desgraciadamente, Lasker pensaba que el título era de su propiedad particular e imponía sus exigencias para la organización de los matchs. Se originaron por esta causa abundantes querellas hasta que la FIDE reglamentó la selección de candidatos.

Desde la creación del título de campeón del mundo (1886), los medios ajedrecísticos empezaron a preocuparse en designar los pretendientes signos de tal puesto. Fue Pillsbury quien ganó brillantemente el gran torneo de Hastings ante toda la pléyade.

Este inesperado resultado y la confusión que originó hizo que el Club de Ajedrez de San Petersburgo organizara en la capital rusa, apenas dos meses después, un match-torneo entre los cinco campeones, número que quedó reducido a cuatro tras la retirada de Tarrasch; cada participante tenía que jugar seis partidas contra cada uno de los demás.

Durante la primera mitad, el joven Pillsbury destacó nuevamente, amenazando con mantener el título, pero luego su juego decayó verticalmente y quedó el último. Lasker obtuvo 6 puntos que le permitió que su titulo de campeón del mundo fuera reconocido.

El segundo Torneo de Campeones, Ostende, 1907, equivalía al segundo Torneo de Candidatos.

En el Torneo de Nueva York de 1927, la composición del torneo suscitó algunas críticas, ya que faltaban los importantes nombres de Lasker, Rubinstein, Bogoljubow y Reti.

Durante la supremacía de Alekhine (1927-1935 y 1937-1946) no se organizó ningún torneo de este tipo a pesar de la aparición en escena de jóvenes e importantes talentos: Euwe, Botvinnik, Reshevsky, Flohr, Keres y Smyslov. Hay que señalar, sin embargo, el Torneo de Nottingham, 1936, que constituyó un verdadero rendez-vous de cinco campeones del mundo: Botvinnik (futuro campeón) y Capablanca (ex campeón), Euwe (en posesión del título), Fine y Reshevsky; Alekhine (ex y futuro campeón), Flohr y Lasker (ex campeón), etc.

Tras la inesperada muerte de Alekhine (1946), se presentó el problema de su reemplazamiento, ya que se daba la circunstancia de que el campeón moría en el ejercicio de sus funciones. Después de un largo estudio de la cuestión, la FIDE decidió que los jugadores considerados más fuertes disputaran el título. Fine, representante de Estados Unidos, retiró su candidatura y el torneo se celebró, durante la primavera de 1948, parte en La Haya y parte en Moscú, entre los siguientes cinco jugadores: Botvinnik, Smyslov, Keres, Reshevsky y Euwe. Botvinnik fue campeón del mundo.

A partir de 1948, el título mundial queda ya reglamentado y se disputa periódicamente.

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