Psicología de la defensa

Una de las razones por las que la defensa es el aspecto peor entendido del ajedrez es la ausencia de principios generales que puedan guiar al estudiante. Como es sabido, existen reglas de oro instituidas para casi todas las demás situaciones de la partida (“en el final, los peones pasados deben avanzarse”, “evite perder tiempo en la apertura”, “el atacante necesita líneas abiertas”, y así sucesivamente), pero los grandes defensores nos han dejado muy pocos preceptos técnicos que puedan orientarnos.

Steinitz y Lasker, a pesar de su atención sobre la naturaleza elástica de las posiciones defensivas, mostraron principalmente, como instructores, su preocupación por la explotación de las debilidades.

Lasker, quien más que ningún otro maestro trató de descubrir los resquicios en los principios generales del ataque, apenas nos dejó legado teórico alguno al respecto. Pero sí nos legó un espíritu y una filosofía de la defensa.

Antes de detenernos en los motivos tácticos y temas estratégicos de la defensa, es importante hacer balance de las actitudes mentales que pueden ocupar el lugar de los principios generales.

Para una buena defensa, la actitud es tan esencial como cualquier otro elemento. Algunos jugadores quedan derrotados desde el momento en que pierden la iniciativa: se desaniman cuando comprueban que ya no pueden seguir atacando. Otros sobresalen en la defensa porque se la toman como un reto personal, que incluye buenas dosis de aventura y tanta exigencia como la que se requiere para llevar a cabo un ataque de mate. Pero de costumbre, como David Bronstein sugiere:

El jugador que sacrifica peones se siente inspirado, mientras que el jugador obligado a aceptar un sacrificio se siente invariablemente incómodo.

¿Cómo debes actuar en el papel de defensor? Deberías adoptar una actitud intermedia entre un “pesimismo animado” y el “escepticismo creativo” que Fred Reinfeld le atribuía a Lasker. Puede que tengas una posición inferior, pero eso no significa, en modo alguno, que tengas que perder. La carga es tan pesada para el atacante como para tí. No importa lo pobres que parezcan tus perspectivas (excluidos, naturalmente, los casos de un mate forzado o de pérdida de material), no tienes por qué perder, a menos que cometas nuevos errores.

Debilidad explotable e inservible

El principio de explotación frente a debilidades inexplotables es la lección más importante que se debe aprender de la defensa.

Con frecuencia, el defensor requiere restringir o impedir el avance del atacante y para ello realiza jugadas que parecen debilitantes. Es cuestión de evaluación decidir si vale o no la pena hacer tales jugadas.

Por ejemplo, en el caso de peón d aislado negro, la experiencia ha demostrado que las negras obtienen a cambio mucho contrajuego antes de que las blancas puedan esperar explotar, de forma realista, la debilidad del peón de d aislado.

La debilidad, por consiguiente, no es estática, sino que está relacionada con los valores tradicionales de fuerza y tiempo. Con tiempo suficiente, casi cada posición puede reforzarse. Por otro lado, si un atacante es continuamente distraído con algún tipo de amenazas, no tendrá tiempo para explotar las debilidades más acusadas.

Juego dinámico frente a seguridad

Una de las muchas circunstancias que pueden producirse en una partida de ajedrez es ésta: si tus piezas están todas bien situadas protegiendo tus propias debilidades, es muy probable que sean incapaces de explotar las de tu adversario. Con el tiempo, tu rival podrá presionar el eslabón más débil de tu cadena defensiva.

Ésta es la razón por la que el contraataque es la forma de defensa prioritaria, incluso a expensas de otros valores, como la seguridad del rey, la estructura de peones, el material y el desarrollo. Esto se estudia con más detenimiento en otra lección de este curso, pero aquí queremos mostrar la conveniencia del contraataque. Siguiendo una rígida obediencia a las exigencias de seguridad, lo más que puede esperarse en una partida es el empate. Proteger la propia posición no es la forma de ganar partidas.

Jugadas valientes y jugadas feas

Puesto que nos encontramos estudiando el tema de la actitud mental adecuada, uno de los elementos más importantes que deben integrar esa actitud es la disposición a efectuar jugadas que parezcan feas, si no suicidas. La tentación que siempre acecha es jugar seguro mediante jugadas que a la vista sean más tranquilas y menos etéreas. Pero las jugadas “feas” de doble filo a menudo son las mejores –y, a veces, incluso las únicas– en una posición dada. Los requerimientos tácticos de la posición –aquellos que constituyen excepciones a las reglas generales de seguridad– pueden dictar una rápida retirada de piezas bien desarrolladas, o una marcha forzada de tu rey o un avance general de la barrera protectora de peones.

La lección más significativa aquí es que el defensor debe estar dispuesto a recoger el guante.

Hay momentos en que el defensor puede razonar a lo Sherlock Holmes:

Si todas las defensas posibles (“razonables”) fallan, debo intentar lo imposible.

Se requiere otro tipo de fuerza de voluntad para retirarse. A menudo, al defenderse en una mala posición, es esencial conservar ciertos puestos avanzados durante varias jugadas a fin de contener el avance enemigo. Pero la retirada voluntaria también tiene sus méritos, de los cuales no es el menor el hecho de que esa jugada puede ser la más inesperada en una posición. La lógica de la retirada es ésta: tu rival ha comprometido sus piezas en función de una determinada estructura de peones. Al reagrupar tus piezas, expones a las del oponente a una disposición posiblemente mala.

Esto significa que, a veces, retroceder puede ser muy provechoso.

Aún menos digerible que la retirada es el movimiento del rey cuando no se trata del enroque.

En la época dorada del Romanticismo, Morphy y sus imitadores a menudo enrocaban rápidamente para incorporar las torres al juego y proteger el rey. Pero el rey no siempre está bien situado en un rincón, como Steinitz demostró más tarde, y las torres no siempre participan en las luchas del medio juego. Hay jugadas de rey que pueden ser poderosas si el defensor sabe superar la repugnancia instintiva a realizarlas.

A veces, en situaciones desesperadas, la mejor posibilidad práctica puede ser tratar de confundir a nuestro rival de turno con un avance de rey. Nuestro adversario, que puede ganar de varias maneras sencillas, trata entonces de buscar el bonito mate que debe existir por algún lado. El defensor está utilizando, en tal caso, un arma psicológica: el deseo de todo ajedrecista de jugar partidas bonitas. Lo cierto es que, aun en el caso de que el mate existiera, el atacante debe descubrirlo.

Otro elemento poco atractivo de la defensa, aunque a menudo gratificante, es el avance del propio escudo protector de peones.

Su instinto le dice a todo buen defensor que los peones que cubren al rey no deberían tocarse.

No obstante, la defensa es el arte de descubrir excepciones a las reglas del ataque. Naturalmente, el avance de peones protectores es algo que debe calcularse muy bien, pues un mal paso puede marcar la diferencia entre anular la fuerza atacante y el suicidio.

Tómate tu tiempo para las cosas importantes

La tentación natural para el defensor es enrocar, desarrollar rápidamente las piezas y crear amenazas. Sin embargo, eso también tiene algún inconveniente, dado que la movilización rápida de las fuerzas y la situación del rey pueden estimular al bando contrario en cuanto a precisar el objetivo de ataque.

Por otra parte, el desarrollo sencillo de piezas y el enroque no es tan fácil de realizar en las aperturas modernas y sofisticadas, alejadas a años luz del Giuoco Piano o el Gambito de Rey. Por ejemplo, Wilhelm Steinitz necesitó 32 jugadas para enrocar en una partida contra Zukertort en el duelo de 1886.

El defensor experimentado sabe que en ciertas circunstancias –como con un centro cerrado– puede tomarse su tiempo al efectuar jugadas de desarrollo. Puede alterar el orden de sus prioridades mediante mejoras y tareas de refuerzo o parcheado antes de coordinar las piezas.

Steinitz fue el maestro que introdujo el concepto de tomarse tiempo para ejecutar ideas estratégicas antes de completar el desarrollo. Expuso el principio de que las mejoras estructurales podían llevarse a cabo siempre y cuando el centro estuviese cerrado. Así, una pérdida de tiempo con vistas a un reagrupamiento o una determinada maniobra no tiene la misma repercusión que en una partida abierta.

Sangre fría en la batalla

También fue Steinitz el primer gran jugador que vivió la transición de joven maestro del ataque a maduro maestro de la defensa.

Puesto que era, además, uno de los grandes pensadores del ajedrez, se preguntó a sí mismo qué era lo que hacia que un ataque tuviese éxito. No se trataba sólo del genio de un jugador en la ejecución del ataque o de falta de habilidad por parte del defensor.

Incluso contra la mejor defensa muchos ataques logran grandes ventajas.

En consecuencia, Steinitz concluyó que debía haber alguna forma de superioridad en manos del atacante antes de efectuar la primera jugada de ataque. Un ataque contra la posición sólida de un rival no podía tener éxito. Un ataque eficaz no era, pues, otra cosa que la correcta explotación de las debilidades (explotables).

Lo que esto significó para el jugador práctico tiene más que ver con la fe que con la ciencia. Cuando un jugador despliega sus piezas para proceder al asalto, debe, en teoría al menos, disfrutar de algún tipo de ventaja en la posición que justifique el ataque. Esa ventaja puede ser debilidad en el flanco de rey en campo enemigo, ventaja de espacio o ventaja de desarrollo en algún sector. Por supuesto, esta justificación no garantiza por sí sola el éxito del ataque, pero es una premisa necesaria para cualquier ataque fundado.

Por consiguiente, el defensor puede decirse a sí mismo que si su rival ataca, en una posición en la que no tiene superioridad alguna, ese ataque está condenado al fracaso ante una defensa precisa. “Quiere ganarme con un ataque falso”, puedes decirte a tí mismo, sabiendo que puedes refutar sus amenazas con respuestas exactas.

El hombre sentenciado puede, sencillamente, elegir su camino.

Puedes descartar los caminos que conducen al mate o a la pérdida decisiva de material. Saber que tu posición está objetivamente perdida, a menudo te permite una descarga psicológica, lo que resulta bastante irónico. Lo único que tenemos que decidir es disponernos a luchar en una partida ardua. A menudo ésta es la mejor forma de confundir al oponente y de salvar una partida perdida. Al enfrentarse a una mala posición en su primer gran torneo, José Raúl Capablanca permitió una variante evidente con sacrificio, en la que su rey tuvo que hacer malabarismos por todo el tablero.

En realidad, yo había visto ya lo que iba a pasar, pero sentía que mi única posibilidad era capear el temporal. –confesó Capablanca

Lo cierto es que ganó la partida y también el torneo.

La gracia salvadora

Los jugadores de ajedrez no tienen la reputación de creer en la salvación divina. Pero ante el tablero, un defensor eficiente puede beneficiarse de la fe en la existencia de una gracia táctica salvadora. Por parafrasear un antiguo argumento a favor de creer en la existencia de Dios, creer en la supervivencia de tu posición es una apuesta fundada. Si no existe posibilidad alguna de salvarla, no habrás perdido nada. Pero si crees que aparecerán posibilidades tácticas en una fase ulterior y que esas posibilidades realmente existen, estarás en mejor disposición de ánimo para aprovecharlas que el jugador que está convencido de que se encuentra irremisiblemente perdido.

El problema es que la mayoría de los defensores se dejan deslumbrar por la combinación brillante de su rival y rápidamente se desmoralizan. Esto les hace resignarse y se reprochan su propio fallo por no haber previsto la combinación. Pero lo que a menudo deberían reprocharse es no haber respondido certeramente a la brillantez de su rival.

Basta con hojear en una colección de partidas famosas y examinar una docena de ataques con sacrificios. Casi en cada caso los comentaristas han descubierto que el defensor podía haber resistido mucho más (y que, en algunos casos, ni siquiera debía haber perdido). Comoquiera que sea, en la inmensa mayoría de tales partidas, el defensor suele haber omitido sus mejores posibilidades.

Mijaíl Tal llegó a proclamarse campeón del mundo tras haber ganado muchas partidas así. En ocasiones, sin embargo, se estrellaba contra algún maestro menor que refutaba su ataque. Pero Tal compensaba esos traspiés ocasionales ganando cinco o seis partidas más, que de otro modo hubieran sido tablas.

Max Pavey, un norteamericano nacido en Escocia, que ascendió a las cimas del mundo del ajedrez y del bridge en los años cincuenta, formuló una teoría (más tarde abrazada y perfeccionada por el gran maestro Larry Evans), según la cual no importa lo mala que sea tu posición –a menos que exista una derrota forzada o un zugzwang–, porque siempre tendrás la oportunidad de eludir la derrota. Esto puede parecer excesivamente rebuscado, pero las posiciones de ajedrez muestran una resistencia a doblegarse tan increíble que nunca deja de asombrarnos.

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